[lang_es]La historia de una tempestad en la Antártida. I de IV[/lang_es]

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Jesús Calleja, un personaje peculiar y entrañable. Campechano, cercano, aventurero que se nos ha metido en casa a la hora de cenar todos los domingos.

Lo seguimos con entusiasmo. Nos reimos de sus payasadas y sufrimos con sus aventuras imposibles.

Bueno, esto me lo he encontrado en su blog. No he podido despegarme de la pantalla. Que intenso.

No os lo perdáis.

Fuente: El desafío extremo de Jesús Calleja.

“Amigos: cómo pueden cambiar las cosas, y dar al traste con los planes, aunque nos da igual no poder cumplir el sueño de escalar alguna de estas fabulosas montañas, porque estamos vivos. Os diré porque…

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Después de zarpar de la base española antártica Juan Carlos I, nuestra idea era dirigirnos hacia el sur, a lugares más fríos y de mayor belleza aun si cabe, pero al poco de salir, el tiempo empieza a cambiar muy rápido. Las nubes eran muy alargadas, el cielo tenía un color extraño, y el agua del mar se agitaba de un modo diferente, como miles y miles de pequeña olas. Enseguida empezaban a llegar rachas de viento aisladas pero contundentes.

A nuestro capitán esto no le estaba gustando nada. Él es un experto marino que lleva más de 40 años navegando por los mares más difíciles del planeta, y esto definitivamente no le está gustando nada.

Roger nos comunica que es mejor que fondeemos en la isla Decepción, que es la mejor bahía de toda la Antártida, pues está completamente cerrada menos por una pequeña bocana, por la que se accede al interior de este cráter volcánico que se hundió y el mar inundó.

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Es una isla diferente a todas las que hay en la Antártida: es de origen volcánico, y en la actualidad tiene actividad sismológica continuamente. De echo aquí estaba una de las estaciones balleneras más importantes de la Antártida, y se fueron de aquí en 1967, cuando una violentísima erupción volcánica deshizo parte del glaciar que se encontraba en las inmediaciones y esa mezcla de lodos formados de cenizas, materiales piro plásticos y hielo, destrozó la base ballenera noruega, además de una base científica inglesa. Todavía la última erupción importante fue en el año 1993, teniendo que evacuar las bases española y argentina de urgencia, pues son las únicas que hay en esta isla.

Por cierto: el que se fueran los noruegos y dejaran de matar focas y ballenas, desde mi punto de vista, y supongo el de muchos, ha sido una suerte, la naturaleza se defiende y les echo, ¡¡bien echados!! A ver si hay suerte y tanto noruegos como japoneses dejan en paz a estos espectaculares animales marinos, que mucha educación y cultura ejemplar, pero bien que fastidian con esta sin razón.

En fin, que llegamos sin problemas y fondeamos junto a otro velero de franceses que han oído la alerta general y deciden esperar aquí a que pase la esperada tormenta.

Nosotros cenamos, y me dedico a escribir mi diario, cambiar baterías a los equipos electrónicos, etc., cuando el velero empieza a moverse más de la cuenta. Esto es raro pues es una bahía bastante cerrada y se supone que estamos protegidos. El movimiento va a más y subimos al puente, y ya nos sorprende lo agitado del mar, y los fuertes vientos que soplan. En efecto nos alegramos de haber descendido rápido desde las montañas y glaciares de la isla de Livinsgton, pues si aquí en el mar es fuerte esta tormenta, arriba en las montañas sería aún peor.

Pero esto solo estaba empezando…

Con los movimientos cada vez más acentuados del barco, y las ráfagas que soplan con una fuerza de unos 50 nudos, entorno a los 90 kilómetros por hora, el velero resistía, y estaba bien anclado, por lo que el capitán está seguro de que en esta protección natural de la bahía Fóster en la isla Decepción, no hay que preocuparse de nada. Con esas se va a la cama, y yo me quedo leyendo hasta tarde con María…

En un momento en el que el velero se escora más de lo normal para estar anclados, decido subir al puente con María para hacer mi diario con la cámara, algo que realizo todos los días. La sorpresa se produce cuando estoy describiendo la tormenta tan fuerte que se nos ha echado encima, tal y como se esperaba, pero al describir los instrumentos del barco, observo la posición del barco, según el ploter, que es el instrumento que nos posiciona según el GPS satélite, el punto exacto donde estamos dentro de un mapa digital. Me doy cuenta rápido de que no estamos donde habíamos anclado, y al contrario, estamos alejándonos a cierta velocidad. ¿Qué esta pasando? María dice que estamos “garreando”, como se conoce en el argot marinero.

Bajo al camarote y llamo a Luis Turi, y decidimos avisar al capitán que esta dormido. El capitán se levanta de inmediato y nos confirma nuestras sospechas, estamos garreando y a qué velocidad. Fuera se ha desatado la tormenta con toda su furia y los vientos son ahora de 100 kilómetros por hora con rachas de 120 Km. /h., por lo que nos arrastra con ancla incluida.

El capitán, preocupado por el viento y la mar de fondo arrastrándonos con ancla y todo, nos dice que le ayudemos a levantar el ancla que hay que intentar fondear de nuevo. Nos ponemos nuestros equipos de agua y le ayudamos a subir la pesada ancla con muchos problemas, pues al garrear es difícil elevarlo.

Según sale, el barco empieza a girar de manera descontrolada. El capitán se emplea con toda su fuerza para dominar el timón, y descarta volver a fondear y tirar el ancla. Está sorprendido de la violencia de la tormenta y es más de lo que se anunciaba. Nos informa de que hay que navegar continuamente dando vueltas dentro de esta bahía que, aunque es pequeña, tiene unos 6 kilómetros de ancha. Nos parece una faena que el capitán no pueda dormir y tenga que estar dando absurdas vueltas aproando el barco contra los feroces vientos para proteger al mismo de embarrancar.”

 

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