[lang_es]La historia de una tempestad en la Antartida. II de IV[/lang_es]

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“Se echa la noche encima, y el temporal arrecia aún más. Nadie puede dormir y el velero se mueve más que en toda la travesía del paso del Drake. ¿Cómo puede ser? Si estamos a refugio, es incomprensible. En la radio escuchamos que se han metido dos barcos de la armada chilena y argentina además de otros dos veleros más para protegerse, de esta inusual violencia.

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Lo más importante en estas situaciones es utilizar el radar para orientarte en la noche y sobre todo en un lugar relativamente pequeño, como es esta bahía. De esta manera giramos en círculos pero controlando a los demás barcos, pues el refugio de esta bahía está a tope…

La tormenta sigue arreciando y es increíble cómo nos escoramos, cuando de repente, con una fortísima ráfaga de viento, el barco se inclina tanto, que alcanza mas de 50 grados de escoraje, y nos tira de la cama, arrojando todos los objetos por todas partes. Inmediatamente me digo que algo raro a pasado, cuando viene corriendo Any, la ayudante del capitán, y nos dice que nos volvamos a poner la ropa de agua, tenemos grandes problemas.

Nos vestimos después de la alarma general, y al subir al puente me resulta difícil describir lo que vi… Estábamos completamente inclinados, las velas se habían soltado y estaban desarboladas, enganchadas por todo el barco, las olas del mar pasaban de lado a lado del barco, la nieve lo cubría todo, y no se veía nada, excepto nuestro barco iluminado por los focos de los mástiles.

El capitán se afanaba al timón, amarrándose como podía pues el barco ahora está tan inclinado que no somos capaces de sujetarnos. Su cara lo decía todo: estamos fuera de control. El viento era constante de 180 kilómetros por hora ¡¡con rachas de 220!! La estación electrónica no tenía fallos, era verdad, la presión había bajado a 943 milibares y se había convertido en la fuerza de un huracán, pero en la Antártida.

Al soltarse las velas, y enredarse por el barco, estas se hinchaban escorando al límite de lo soportable por la estructura, llegando a meterse literalmente en el mar, al igual que la proa de nuestro velero.

El violentísimo viento hinchaba las inutilizadas velas y nos arrastra inevitablemente hacia los acantilados. Roger nos dice que tenemos que salir a cortar las velas y todas las cuerdas que encontremos o nos iremos a pique. Su cara esta descompuesta y lo dice todo.

Pero la realidad es que ahí fuera hay vientos de mas de 200 Km./h. ¿cómo vamos a salir a ese infierno? Las velas dan sacudidas por todas partes, las cuerdas y poleas se mueven a tal velocidad sin control, que si te pillan directamente te matan. El barco se está destruyendo poco a poco y lo vemos claramente, el capitán decide que hay que salir o estamos muertos.

Nos cuesta asimilarlo, pero Emilio, María, Marcelo y yo salimos los primeros, para después darnos turnos los siguientes. Fue impactante: el sólo echo de abrir la puerta y golpearnos de repente ese viento endiablado, junto con la nieve y las olas de mar pasando por encima de la cubierta, con un frío aterrador. Creí que era una mala pesadilla, pero teníamos que subir a la parte baja del mástil e intentar cortar las velas.

Conseguimos llegar al mástil y agarrarnos como podemos, pues no llevamos cuerda de seguridad, pues se puede enganchar y llevarnos atados a la vela que se mueve sin control por cualquier lado. No tenemos ideas, y nos agarramos a la vela Marcelo y yo, y ésta juega con nosotros, nos sube, nos baja, el mar entra por el barco, una ola nos atraviesa de lado a lado, la nieve no nos deja ver, y para más desgracias un extremo de una cuerda se engancha en mi tobillo y me eleva por los aires, paseándome por el oscuro mar, para de nuevo la vela me devuelve al interior del barco, mientras grito desesperado, cuando María y Marcelo me sujetan y consigo desprenderme de esa cuerda.

Sí, amigos, me di un paseo viendo la cara a la muerte, y el destino decidió que regresara al barco. Es sin duda la vez que más miedo he pasado en mi vida, estamos sin control.

Después de este susto nos metemos en el velero de nuevo, sin conseguir nada, y el capitán Roger sólo dice una cosa: “O cortáis esa vela, o en 15 minutos estamos todos muertos, el agua del negro océano está entre 2ºC, y -1ºC, el viento es de 200 Km/h, y nos vamos a estrellar contra los acantilados. ¡Por dios cortad las velas!”

Fuente: Desafío Extremo.

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